Y las letras me han empañado, o ¿soy yo que he empañado a las letras? Dichas miradas de rencor y una especie de melancolía. Quizás no quieran encontrarse conmigo, como muchos, se inquietan, adormecen y mutilan. ¿Para qué seguir sufriendo? La vista se hace gorda y duelen hasta los pelos de la espalda y aunque, esté todo en su lugar y como debía estarlo para mí, decididamente mi cuerpo quiere escapar y correr de este escenario.
Me encontré en la tristeza del infinito, en la renombrada nostalgia, esa que no entiende razones ni se acerca a la verdad, simplemente es perenne en su estado más puro. Así, cuando te hayo en mis recuerdos con lo que parece ser la sombra de tu cara y el sabor de tus pelos, más lejanas las manos como el viento oriental. Así es mi evocación, así es tocarme en tu nombre llegando a palpar el cielo.
En cambio, aquí en la tierra, no estoy feliz y quisiera terminar con esto que me inquieta, no puedo seguir sosteniendo una falsedad encarnada en materialidades y cumplimientos. Estoy igual que hace un año, pero con solvencia e independencia. En un próximo año seguiré igual, ¿pero con un par de adjetivos más? Ni me interesa lo que he logrado, siento que me pierdo, sería prepotencia no dar las gracias, pero al menos no le debo a nadie los pies donde me sostengo, por ende la petulancia sale y se plasma en mi cara queriendo ser mal agradecida sin los reconocimientos de las suertes pasadas. No tengo alguna gana de seguir donde estoy. Me iría sin previo aviso, sin previas despedidas, sin adiós, ni con Dios.
Y claro, ¿qué me amarra? Los miedos, la estabilidad… no la tengo, hay miles de estabilidades más importantes que se me están pasando por alto. Quisiera darme la vuelta al mundo y recorrerme sin tormentos… llegar a tu paladar, deshacerme en él y contemplar mi bienestar.
Muchos puntos de vista, dos resúmenes billetera desperdiciada, corazón vacio.
Esta es, mi carta de renuncia.




